No hace falta deprimirse para escribir buenos versos

La “estética de ser una pelota de baseball” dice: “Andá tan rápido como puedas / En cualquier dirección”. La de “crear algo” señala: “No es que esto suceda: / Te sucede a vos”. Hay una de “sentirse bien”, que enuncia: “Sentite bien / Después andate”, y una “de victor hugo”: “Colocá al Poeta en los valles / Colocá al poeta en las colinas / Dejá que las colinas y los valles / Sepan que el Poeta está ahí”.Las “estéticas” constituyen uno de los momentos más sobresalientes de Un tren oculta otro tren, antología de poemas de Kenneth Koch seleccionados y traducidos por Silvia Galup y Aníbal Cristobo.Koch solía repetir que no hacía falta estar deprimido para escribir versos, y durante décadas enseñó poesía en escuelas primarias. Publicó su primer libro en 1962, a los 37 años. Al parecer, se demoró en una adoración excesiva de sus héroes literarios: primero su profesor en Harvard, el poeta Delmore Schwartz, y luego la poesía francesa de Apollinaire, Roussel, Reverdy, Max Jacob. “Después de leer a Whitman sentí que podía escribir sobre cualquier cosa”, escribió Koch.En “Destino”, uno de los poemas incluidos en el libro, Koch recuerda, reconstruye, treinta años después, una noche de junio del 51, en Nueva York, en la calle West Tenth, en un departamento de paredes blancas, tan pequeño que en él apenas cabían cuatro personas y una botella de whisky. “No sé por qué creo / Que mi felicidad sea tan urgente / E importante parece cierta / Evidencia de la verdad como si / Pudiera volver atrás y agarrarla”. Eran Frank O’Hara, John Ashbery, Jane Freilicher y Koch, y la reunión el origen de lo que se conocería como la escuela de Nueva York, cercana al expresionismo abstracto, y en la que se podrían agregar los nombres de James Schuyler, Ron Padgett, Joe Brainard y otros.La Escuela de Nueva York sentía debilidad por el surrealismo y estaba imbuida de una sensibilidad camp, sin la sordidez claustrofóbica ni la nostalgia de los poetas beat, señaló el poeta y crítico Jordi Doce. Su modernidad fue vital y exuberante, “no se ligó a proclamas ni manifiestos teóricos, sino a una relación de confianza con el tiempo, con el placer del instante arrebatado y las formas del deseo satisfecho”.Nutriéndose del coloquialismo sincopado de William Carlos Willams, se “enfrentó” a los poetas educados en la estela académica y decadentista de T.S. Eliot, adeptos a envolver el poema en infinitas capas de ambigüedad y a cifrarlo todo en forma de símbolo: Richard Wilbur, Allen Tate, incluso Robert Lowell.Un tren oculta otro tren es el primer libro de Koch que se edita en Argentina. Es una selección de las casi ochocientas páginas del tomo de poesías breves de la obra completa de Koch, que también escribió poemas largos, teatro y ópera. “La selección estuvo regida por el principio del placer, elegimos siempre poemas que nos interpelaron desde un goce muy directo. La antología habla mucho de la veta humorística de Koch”, señala Cristobo.Los poemas de New Addresses, del 2000, suerte de invocaciones a elementos abstractos (los veinte años, el psicoanálisis, el manejar, el cansancio, las viejas direcciones) son considerados por Cristobo como claves en la selección. También sobresalen la secuencia de las “estéticas” y un poema largo, “El arte de la poesía”, que afirma y desmiente diferentes versiones sobre la forma de hacer poesía.Varios poemas son retrospectivos, y el rescate de momentos del pasado siempre va en favor de la experiencia de cada uno de los momentos del presente.
Un tren oculta otro tren, Kenneth Koch. Traducc. de S. Galup y A. Cristobo. Editorial Zindo y Gafuri.

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