"Self-tracking": la vida pública de los datos privados

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Basta con dejar cerca de la almohada el teléfono celular con alguna aplicación de monitoreo de sueño activada para que al despertar se sepa cuántas horas durmió una persona en sueño ligero, cuántas en sueño profundo y cuántas veces se despertó.

El GPS colaborativo indica la cantidad de automóviles detenidos al costado de la carretera y la velocidad exacta a la que se maneja con indicación de cuántas millas se ha pasado uno por encima de la máxima. Si se apoya el dedo sobre la cámara del móvil con una aplicación de control de fitness activada, el corredor podrá saber cuántas veces por minuto late su corazón, y regular el ejercicio aeróbico.

Calorías quemadas, pasos caminados, medicaciones tomadas.
Nivel de la glucemia, cantidad de oxígeno en el aire, ubicación exacta de los hijos. Número de “Me gusta” y “Compartir” que obtiene una foto o un comentario en Facebook, seguidores ganados y perdidos en Twitter.
Hoy la gente hace seguimientos. Un surtido de números nos sigue a lo largo de cada día“, argumentaron Gina Neff y Dawn Nafus en la introducción de su libro Self-Tracking (Auto-rastreo), un trabajo académico pero de lectura sencilla acerca de por qué, cómo y con qué ventajas y desventajas las personas practican rutinariamente el auto-rastreo tecnológico.

Hay una verdadera explosión del seguimiento dirigido a uno mismo”, argumentaron. “Hacia el final de 2016 se habrán despachado la cantidad enorme de 110 millones de wearables [dispositivos que se usan como ropa o en contacto con el cuerpo]. Los atletas de fin de semana ahora compiten entre sí virtualmente, mientras que los oficinistas controlan cuánto de su tiempo frente a la computadora se va en la redes sociales y cuántos seguidores alcanzan sus publicaciones. Los propietarios mantienen un registro de cuánta energía consume cada electrodoméstico, mientras que el monitoreo de la glucosa no es algo que hagan solamente los diabéticos”.
—La idea del libro era permitir que un público general tenga conciencia de los muchos asuntos que apenas asoman en las prácticas de autoseguimiento, que la mayoría de las personas no están al tanto —dijo la socióloga Neff a Infobae.
—¿Por ejemplo?
—Las compañías tecnológicas y las de seguros de salud nos piden que nos conectemos o usemos una cantidad de sensores y aparatos, que descarguemos a nuestros teléfonos toda clase de aplicaciones, y la investigación no muestra con claridad si esto nos ayuda a ser más saludables, ni las políticas sobre datos nos permiten cuestionar por qué hay que hacer seguimientos, o inclusive si hay que hacerlos.
Un objetivo del libro es “mostrar cómo la auto-experimentación con datos nos obliga a luchar con la línea incierta entre la prueba y la creencia, y cómo tomamos decisiones sobre lo que es y lo que no es conocimiento legítimo”.

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Del diario íntimo a la aplicación

Como actividad humana, el auto-rastreo les resultó a las autoras “mucho más interesante que los artefactos que lo han hecho más sencillo y más difundido”. Escribieron Neff y la antropóloga Nafus: “Cuantificar no es algo nuevo”. Recordaron que Benjamin Franklin controlaba cómo empleaba su tiempo y evaluaba si sus acciones estaban a la altura de las virtudes que se había impuesto a sí mismo, un “plan para el autoexamen”, como lo llamó este padre fundador de los Estados Unidos. Y compararon los diarios de los siglos XVIII y XIX con las cuentas de Twitter de hoy: “Se escribían para compartirlos y estaban compuestos por entradas relativamente breves, bitácoras personales con hechos que se exponían de manera secuencial”.
—Si ayer las personas llevaban diarios y hoy reflejan y comunican sus actividades en la plataforma online, ¿qué tiene de novedoso el autorrastreo?
—Creo que una de las cosas más asombrosas es la extensión de estas tecnologías, que crecen a toda velocidad, versus la idea escasa que las personas tienen sobre las políticas de datos detrás de esos desarrollos —expuso Neff—. Esa brecha es algo que me asombró. Por eso quería que mi mamá pudiera leer el libro: ella usa un rastreador de actividad física y quería que conociera las cuestiones de la política de datos que sostienen ese aparato y que la afectan a ella.

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Las prácticas son viejas pero las tecnologías nuevas extienden las áreas de la vida que se pueden medir como nunca antes: ese es el nuevo fenómeno social al que se dedicó el libro esta profesora e investigadora del Instituto de Internet y el Departamento de Sociología de la Universidad de Oxford y la autora de otro trabajo sobre el tema, Quantified (Cuantificados).
Dos elementos distinguen el auto-rastreo tal como se vive en el siglo XXI. El primero: la tecnología. El segundo: el cambio cultural que causó la biomedicalización de todo.

“La llegada del teléfono móvil como una plataforma computacional, la miniaturización de los sensores y los demás componentes de los sistemas de detección, y las mejoras en la infraestructura de conectividad y almacenamiento de datos han creado las condiciones que hacen concebible el uso masivo de sensores”, escribieron Neff y la investigadora de Intel Labs.

Con respecto al paradigma novedoso, observaron que “es difícil encontrar rincones de la vida que no estén sujetos a la interpretación biomédica, desde los estados de ánimo y los sentimientos al éxito en la vida”. Así la biomedicalización se impuso “como un modelo mental, un hábito de pensamiento que hace que la medicina sea la explicación más a mano sobre por qué las cosas son como son”.
Por ese cambio, a las personas les resulta muy natural que la medición cercana del cuerpo sea a la vez concebible y deseable. “‘Salud‘, a la vez, se ha convertido en una palabra cargada, no una mera descripción de un estado del cuerpo sino también un eufemismo para aquello que el que la dice cree que es o no es deseable. Que a nos digan que nuestra conducta “no es saludable” puede ser increíblemente deshonroso: nos dicen que hemos roto las reglas sociales de un mundo biomedicalizado”.
Acaso por eso estos dispositivos de auto-rastreo se encuentran comúnmente en el mercado de consumo tecnológico.

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Quién mide qué y para qué

Neff se asombró al observar la pasión de las personas que integran la comunidad de los que se auto-rastrean. “Algunos no comprenden que son parte de experimentos realmente sutiles, y preguntan con honestidad de qué modo pueden mejorar su salud o su productividad… Pero comienzan a hacer preguntas y encuentran respuestas por sí mismos al medirse y analizar estos datos”.
—En el libro mencionaron el problema de la propiedad de la información: si son de quien se controla a sí mismo o si son de la empresa que creó la herramienta para hacerlo.
—Espero que podamos comprender los derechos y las responsabilidades de esos datos como algo que se halla en algún punto intermedio entre el usuario y la compañía que produce esos dispositivos que nos permiten juntar datos. La información es tan mía como mi cuerpo, mi vida y mis actividades, y también es de la compañía que produce los aparatos y me brinda esa visualización. Eso permitirá que los datos se puedan utilizar para mejorar el mayor número posible de vidas.
—¿Qué peligro se corre cuando la información privada tiene un destino público?
—Tenemos que preguntarnos: ¿podremos usar nuestros datos? En el libro lo planteamos para que la gente piense que puede hacer su propio análisis. También tenemos que saber cómo controlamos y accedemos a nuestros propios datos. La gente ya no puede vivir desconectada: entonces, ¿nuestros beneficios como usuarios superan nuestros riesgos y daños potenciales de violaciones de la privacidad o uso por terceros? ¿Nos beneficiamos tanto de los datos como las compañías tecnológicas?
Self-Tracking también desalienta las lecturas paranoicas del fenómeno. Los datos pueden ser útiles y poderosos, pero también “tediosos, placenteros, decepcionantes, equivocados o simplemente inútiles en una cantidad de contextos cotidianos”.
Un elemento central del argumento es que, dado que el auto-rastreo sucede en situaciones sociales, los datos pueden quedar atrapados en relaciones institucionales, trascender así el nivel individual en el cual se generan las cifras: “Compañías, universidades, gobiernos y otros tipos de organizaciones producen y manejan datos”, argumentaron las autoras. “Las personas, cada cual en su papel de usuario o productor de tecnología, tienen sus propios círculos sociales o comunidades que consultan para encontrar sentido a lo que el auto-rastreo es de verdad”.

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Por qué la gente se aburre de los dispositivos

Muchos de los dispositivos de autorrastreo quedan arrumbados entre las cosas inútiles que la novedad tecnológica alguna vez hizo atractivas; las aplicaciones se bajan y se borran de teléfonos y tabletas. “El problema, según lo vemos, es que muchas de las opciones de rastreo disponibles no ayudan realmente a que la gente descubra qué preguntas debería hacer, mucho menos cómo hacer la pregunta siguiente, probar ideas o hacer descubrimientos”, argumentaron las especialistas. “Como resultado, poca gente obtiene de sus dispositivos de autorrastreo lo que esperaban”.
—¿Por qué sucede eso?
—Mucha gente deja a un lado en pocos meses los rastreadores hoy disponibles para la venta porque no les resultan útiles. Por eso en el libro enfatizamos que la gente tiene que saber qué datos quiere juntar: ¿por qué preguntan por el ritmo cardíaco?, ¿Es esa la respuesta que buscan?
—¿Cómo imagina el porvenir del auto-rastreo en ese plano?
—Las empresas de tecnología van a tener que ser realmente perspicaces en lo que respecta a percibir lo que las personas quieren de los dispositivos y cuáles son sus prácticas. Acaso todavía hay un enfoque de talla única para crear wearables y no se han desarrollado nuevos usos de esas características. Es necesario abrir preguntas sobre las prácticas del rastreo y por qué la gente se fija ese objetivo.

“Los éxitos y los fracasos de las herramientas de auto-rastreo no son coincidencias ni fracasos del usuario, como se dice”, escribieron las autoras. Neff lo experimentó de primera mano: es nadadora y necesitaba algo más ajustado a su ejercicio que “esos relojes sofisticados que no son sumergibles”, dijo. “Para mí lo importante es tener algo a prueba de agua”. Usa dos en la muñeca, porque generan diferentes tipos de estadísticas: uno de Moov (cuenta el tiempo de un largo de piscina, el de la vuelta, la velocidad de nado y el tiempo de descanso) y otro de Misfit en asociación con Speedo, que incluye alertas de llamadas y mensajes y sirve fuera del agua también, las 24 horas si se desea.

“Mientras se debaten los aspectos desconocidos, habrá muchas situaciones en las cuales las personas elegirán el autorrastreo para satisfacer sus necesidades específicas”, concluyeron la socióloga y la antropóloga. “Las madres observarán el crecimiento de sus bebés en persona y también mediante números. Los atletas intentarán mejorar su juego. Las personas con diabetes simplemente querrán pasar cada día con seguridad. En cada caso, el rastreo es diferente, y son diferentes los objetivos que se tienen que conseguir”.

Fuente: Infobae

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